Un tiempo casi perdido que no pudo ser todo

Un tiempo casi perdido que no pudo ser todo

Marco Fonseca

En su última pieza publicada en elPeriódico (ver http://elperiodico.com.gt/?p=19328), Mario Roberto Morales nos dice de la protesta ciudadana de abril a agosto que «no todo fue perdido». Pero el problema con la posición de Mario Roberto Morales es que sigue argumentando, contra toda evidencia tanto teórica como práctica, que la protesta ciudadana fue en efecto una especie de «revolución de color» en Guatemala. Y el problema en ésta pieza no es la fuente que emplea Morales sino la generalización que de la misma hace el autor.

Una cosa son los movimientos «ciudadanos de protesta» en países del ALBA y otra en países dentro de la esfera geopolítica de EE.UU.

En el contexto de los países del ALBA estamos hablando en varios casos – pero no en todos – de movimientos claramente organizados por grupos financiados, vinculados si es que no directamente movilizados por intereses privados aliados con EE.UU. y apoyados por el mismo. Es decir, se trata de movimientos que caen cabal dentro de lo que se llama la política de «promoción democrática» de Washington en países donde EE.UU. cree que no existe «democracia liberal» (poliarquía). Esto fue lo que ocurrió en los países de la antigua Union Soviética y es lo que ha ocurrido en Bolivia, Ecuador y Venezuela. Por otra parte, no todo movimiento de protesta ciudadana – indígena, campesina, trabajadora, estudiantil, etc. – en países del ALBA puede fácilmente identificarse como un movimiento de «promoción democratica» al estilo Washington. Tal es el caso, por ejemplo, de indígenas de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) exigiendo «rectificaciones» a al gobierno de la Revolución Ciudadana de Correa en temas relacionados, entre otros, con la educación. Aunque el gobierno de Correa insiste en que estas protestas son de derecha o financiadas por la derecha, hay indicios de que las cosas son un poco mas complicadas.

Pero en el contexto de países que son claramente parte de la esfera geopolítica y estrategia hemisférica de Washington y cuyos gobiernos están alineados con la misma (Guatemala, Honduras, Colombia, Perú y, en menos medida, México), los movimientos ciudadanos de protesta tienen diferentes raíces y diferentes agendas, ninguna de las cuales es fácilmente reducible a la agenda de Washington. Así, aunque la protesta contra la corrupción no es hostil a la agenda de Washington a no ser que la misma tenga el potencial de transformarse en un reformismo más serio y ya no digamos en un movimiento refundacional, tampoco obedece simplemente a los designios del Departamento de Estado. Por ello es que Washington, por medio del Embajador Todd Robinson y del representante para Latinoamérica Thomas Shannon, le dieron todo el apoyo que pudieron a OPM hasta el último momento posible EN CONTRA DE LAS DEMANDAS DE LA CIUDADANÍA. Cuando El Embajador se unió a la gente en la calle lo hizo para demandar transparencia y rendición de cuentas por parte del Estado y no para demandar la renuncia de OPM. Ello fue una clara señal de que, a puertas cerradas, no solo no habían organizado la protesta ciudadana sino que estaban buscando maneras de mantener una apariencia de apoyo a las luchas anti-corrupción de la ciudadania y de la CICIG. Solo cuando el grupo catalizador de #RenunciaYa decidió dejar de serlo para abrir el paso a otras corrientes y movimientos de la ciudadanía es que la posibilidad de transformación en la protesta hacia algo más serio se materializó y con ello la incipiente necesidad de desplegar la política de «promoción democrática» y estrategias de desactivación de lo más radical en la protesta. Pero no hubo necesidad de transformar la protesta ciudadana en una «revolución de color» precisamente porque la protesta ciudadana se quedó fincada en la lucha contra la corrupción, el Congreso estancó las reformas a la LEPP tanto como pudo y otras tendencias o vertientes de protesta no tuvieron capacidad de movilizar al pueblo del mismo modo.

Las elecciones no pusieron fin a la protesta ciudadana. Fue la protesta ciudadana la que ella misma se apagó en vísperas de las elecciones. Ello también representó el fin de un posible problema mayor para La Embajada. La llegada de AMA al gobierno completó así la restauración del orden y sin necesidad de un Thermidor chapín, es decir, de un cambio de régimen pero convertido en reacción contra los elementos más radicales de la protesta. Eso sí hubiera sido una «revolución de color» que sucedieron a las «Primaveras Árabes» desde Egipto hasta Tunisia. No en Guatemala donde la misma clase política y las mismas élites económicas continúan firmes en el control del orden establecido.

Vamos patria hacia la #RefundaciónYa

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es profesor adjunto en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University.

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Foto: pri.org

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