Bolivia: ¿Qué clase de continuidad?

Bolivia: ¿Qué clase de continuidad?
Marco Fonseca

Estoy profundamente de acuerdo con la continuidad de proyectos políticos desde abajo, desde las mayorías sociales, refundadoras y revolucionarias.

Pero, dadas las tradiciones políticas de Latinoamérica, definidas desde el siglo diecinueve por la perpetuación en el poder de caudillos y populistas, civiles o militares, liberales o conservadores, pero todos en igual medida y con consecuencias desastrosas para quienes Mariano Azuela llamó «los de abajo», rechazo en principio todo desmesurado continuismo en el poder de líderes politicos específicos no importa la bandera o los colores con los que se revistan.

Creo que los proyectos políticos genuinamente de abajo son colectivos y no el producto de individuos, carismáticos e inteligentes. Así avanza la historia. Creo que la inteligencia colectiva, la razón del Evento refundacional, la ruptura que permite empezar a partir el sistema, cuando es producto genuino de una reforma moral e intelectual profunda, debe prevalecer por sobre los intereses personales.

Concuerdo con Emir Sader cuando escribe sobre los liderazgos politicos de Chávez, Correa, Maduro y Morales: «Esos líderes populares han fortalecido las democracias en esos países, porque han integrado a las grandes mayorías, afirmando sus derechos, legitimando los Estados porque esas mayorías se sienten representadas en esos gobiernos, porque se han producido los períodos de más grande estabilidad y continuidad política bajo el liderazgo de esos dirigentes políticos.» Concuerdo también cuando escribe: «¿Qué carácter tienen esos liderazgos populares?  El de representar, de forma directa, a los anhelos de la gran mayoría de la población, postergada por la política tradicional y sus formas corrompidas de elegir representantes, por el poder del dinero y de los medios de comunicación privados.» (ver http://www.alainet.org/es/node/175481). En otras palabras, esos liderazgos políticos han contribuido enormemente a relegitimar incluso formas liberales de democracia y Estado de derecho en Latinoamérica. Son liderazgos que se han forjado con mucho trabajo desde abajo y que han permitido cambios importantes en las relaciones de poder. Son opciones que han surgido, en parte, de procesos constituyentes y destituyentes mucho más amplios y que han contribuido a crear una cultura diferente adentro de las instituciones del Estado, las han democratizado y le han abierto las puertas a actores y voces que de otro modo nunca hubieran logrado esos espacios. Y se trata de gente que, sin duda alguna, han puesto al centro de la sociedad política y de la esfera pública todo un estilo nuevo de traducir la opción preferencial por «los de abajo» en políticas públicas concretas y directas. Pero las fallas de la derecha en producir liderazgos políticos similares, con compromisos sociales y con tanta raigambre popular e incluso estabilidad institucional no debe empañar nuestros juicios críticos y llevarnos así a justiciar uno de los  excesos típicos y más problemáticos del presidencialismo latinoamericano, a saber, el continuismo y el culto a la personalidad aunque sean de izquierda.

Para quienes apoyamos sincera y profundamente los procesos constituyentes y refundacionales de transformación en Latinoamerica, la derrota del «Sí» en Bolivia no es pues simplemente una derrota a la enmienda contitucional propuesta por el gobierno de Evo Morales. Tampoco es una simple derrota de Evo Morales mismo como lo afirman los análisis superficiales de la derecha neoliberal o de la prensa amarillista en la corriente dominante. Pues en muchas formas y a a varios niveles Morales ya ha triunfado en los últimos diez años de gobierno y el proyecto del que él es una parte pequeña aunque prominente y significativa ya ha echado raíces aunque todavía no muy profundas o inquebrantables. No es que sea un proyecto sin contradicciones estructurales y oposiciones políticas internas (como muchas veces dan la impresión los análisis fieles de Federico Fuentes). Pero tampoco es un proyecto que pueda definirse simplemente a partir de una esquema de economía política simplista (como muchas veces dan la impresión los análisis disidentes de Jeffery Webber). Es un proyecto dialéctico, contradictorio y todavía limitado por el peso de la historia, la hegemonía del modelo elitista y capitalista implantado en Bolivia particularmente desde el arribo del neoliberalismo y por la presión atmosférica del capitalismo globalizador que lo envuelve desde afuera (estructuralmente) y desde adentro (por la perduraron y reproducción de estructuras y superestructuras y por el mismo aspecto «desarrollista» y «extractivista» del proyecto). Es pues un proyecto que no solo ha dado continuidad a ese aspecto de la herencia neoliberal aunque lo esté haciendo desde el Estado y con un rostro claramente popular sino que es un proyecto que, en cierta medida, ha dejado la guerra de posiciones en la lucha contra-hegemónica al paso de la inercia. Y ello se ha manifestado hoy más que nunca.

El problema de la apuesta constitucional del «Sí», pues, es que puso en la mesa no solo la credibilidad y legitimidad de Morales y su gobierno sino también la capacidad del proyecto mismo como un todo de seguir transformando a la ciudadanía boliviana desde su propia subjetividad que es donde funciona lo hegemónico. Y es allí precisamente donde hay un campo de batalla inédito para las fuerzas de izquierda en toda Latinoamérica ya sea que estén en gobierno o no. Es allí donde se da la batalla contra los «principados,  contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» del neoliberalismo y su hegemonía. Es allí donde hay que romper cadenas normativas y culturales que hasta hoy la izquierda a asumido que son rompibles por extensión siempre y cuando se den ciertas transformaciones puramente estructurales. Es allí donde generación tras generación perdemos la batalla y por lo cual no logramos tomar el poder o lo perdemos casi de inmediato. De modo que no es correcto afirmar que votar por el «Sí» es la única opción revolucionaria y votar por el «No» el producto de la traición, la ignorancia o la manipularon de las redes sociales y las ONGs pues hay mucha gente que apoya la continuidad e incluso la profundización del proyecto pero que también espera la renovación de sus líderes. Y si los mismos se afianzan a una etapa determinada del proceso puede ser necesario incluso dejarlos atrás. Y por ello, precisamente, es que el proyecto refundacional y/o revolucionario no se puede renovar con el continuismo de sus líderes perennes, obstinados, vanidosos o vitalicios sino que debe ser renovado y relanzado a cada cierto lapso por medio de la propia auto-refundación contra-hegemónica. Y allí es, en mi opinión, donde García Linera y Evo Morales han perdido la brújula que nos debe guiar hacia el futuro.

Algo que nunca debemos olvidar es que los procesos políticos desde abajo también están sujetos a procesos hegemónicos y a los espejismos ideológicos del poder elitista. Ante todo este es un poder usurpador que siempre nos dice que la gente no está lista para tomar las riendas de la historia en sus propias manos. Es un poder que siempre atenta incluso contra sus propios principios morales o constitucionales y, con ello, es un poder que no escatima arriesgar el bien colectivo en favor del bien puramente instrumental. Y, en el peor de los casos, es el poder que está dispuesto a sacrificar todo lo que se ha logrado, sobre todo para las mayorías sociales, en función de buscar la realización de un maximalismo errado.

Admiro mucho a líderes politicos latinoamericanos de hoy, como el Presidente Evo Morales, pero creo más en el movimiento y las fuerzas vivas de «los de abajo» que han mantenido y legitimado su compromiso por transformar a Bolivia que en la continuidad de su persona en la presidencia. Reconozco, por supuesto, el papel de la «promoción democrática» dentro de la oposición al proyecto del MAS, el papel del imperialismo en contra del proyecto boliviano y el poder de la ideología liberal de la «limitación del poder» que ésta gente esgrime como consigna contra el «Sí» y la supuesta «dictadura» del MAS. Esos no son mis argumentos.

Tengo la firme convicción de que, en proyectos refundacionales y revolucionarios como el de Bolivia, dos términos en la presidencia son lo mínimo pero tres deben ser lo máximo. Menos de esto es garantía de continuidad para el sistema neoliberal y capitalista pues uno o dos términos no permiten desplegar adecuadamente ni lo más mínimo para empezar a alterar las relaciones de poder y, mucho menos, la inercia estructural del sistema. Por ello es que la oposición neoliberal y restauradora en Venezuela está proponiendo bajar los términos presidenciales de 6 a 4 años y sin ninguna posibilidad de reelección. Repito, esto es garantía para que un liderazgo que surja de las mayorías sociales se vea totalmente imposibilitado de alterar aunque sea en lo más mínimo las estructuras del neoliberalismo globalizador. Pero, por el lado opuesto, más allá de tres términos se hace imperativo renovar los liderazgos políticos desde adentro y desde abajo a efecto de no comprometer la integridad y continuidad del proceso colectivo como un todo a favor de un culto personal determinado que no debe tener espacio en nuestros proyectos. En política cualquier cosa personalista más allá de eso empieza a oler mal y, de hecho, empieza a minar al propio proyecto colectivo que queremos realizar. Por el bien de la revolución bolivariana, en Bolivia y en otros paises, debemos apostarle a la renovación de los liderezgos politicos y sociales desde abajo, comprometidos y con visión firmemente puesta en la derrota de la hegemonía neoliberal-capitalista y globalizadora y el triunfo de la solidaridad, el Buen Vivir y el futuro Estado comunal. Es allí hacia donde hay que dar el giro en las próximas batallas.

Vamos patria hacia la #RefundaciónYa

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University.

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Foto: Telesur

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