«El proceso es el mensaje»

«El proceso es el mensaje» (Castells)
Marco Fonseca
Se dice que el Evento de la protesta ciudadana no pasó de articular demandas contra la corrupción y por la renuncia de OPM y RB. Y eso es cierto a nivel de ideología y discurso político. Pero se ignora que lo más importante, lo más profundo, lo refundacional del Evento, sus métodos de organización y protesta, su carácter participativo y comunicativo, su carácter inclusivo y horizontal, su falta de liderazgos y estructuras verticalistas y burocráticas… todo eso que se llama PROCESO, ese es su mensaje central. Pero hasta hoy ninguno/a, repito, NINGUNO/A de los ensayos o comentarios escritos sobre dicho evento ha resaltado este carácter refundacinal y democrático de las jornadas de protesta ciudadana de 2015. Para mi, en lo personal, eso es lo que hay que rescatar, ampliar y expandir en el proceso de construcción de un actor mayor, un poder constituyente, que nos lleve a la Refundación desde abajo, radicalmente democrática y rupturista.Para un movimiento como Occupy Wall Street, indignadas y como el movimiento descentralizado de protesta ciudadana en Guatemala en 2015, dice Castells citando a Sydney Tarrow, «no se puede hablar de plataforma política. Pero no es de plataformas políticas de lo que trata este nuevo tipo de movimiento» (Redes de indignación y esperanza, p. 185).

«Para mucha gente del movimiento – escribe Castells – y para la mayoría de los observadores externos, especialmente los intelectuales de izquierda, que siempre buscan la política de sus sueños, la falta de reivindicaciones específicas del movimiento era uno de sus puntos débiles fundamentales» (Ibídem).

Pero,

««el movimiento» no es una entidad única, sino múltiples corrientes que convergen en un desafío diverso del orden existente. Además, un sentimiento muy fuerte del rnovirntento es que cualquier enfoque pragmático para conseguir las reivindicaciones tendría que pasar por el sistema político, lo que sería contradictorio con la desconfianza generalizada en la representatividad de las msntuctones políticas» ((Ibid, p. 186).

Suicida o no, sin embargo, «ésta es su fuerza y su debilidad». Simplemente hablando «así es el movimiento, no un sucedáneo de la vieja izquierda en busca de nuevos apoyos para su visión del mundo no reconstruida.» Al mismo tiempo ninguna reivindicación más allá de lo coyuntural y, al mismo tiempo, como proceso, como esperanza, como promesa y como anticipación «todas las reivindicaciones; no una parte de la sociedad, sino toda una sociedad diferente» (Ibídem).

Se trata, sí, de una forma de política controvertida pero no desprovista de sentido y dirección. Por un lado, la crisis de hegemonía (más allá de una mera crisis de gobierno o de legitimidad) implica que «la mayoría de la gente no cree en el proceso político tal corno se enmarca en la actualidad, de forma que sólo cuenta consigo misma». Esto desata las fuerzas rizomáticas del movimiento, el lado espontáneo del movimiento, la prefiguración de lo autónomo y lo constituyente desde abajo para el futuro. Por otro lado, «el movimiento es muy amplio y fuerte porque aúna indignación y sueños y soslaya la política habitual» tanto de izquierda como derecha y, sobre todo, del partido político y el sistema político de un Estado de derecho sin derecho y en crisis. Esto desata la búsqueda de un nuevo instrumento político nacional-popular que empieza con los diálogos, los consensos, los acuerdos mínimos, la construcción de confianza, amistades, comunidad, comunicación y espacios en común y libres – hasta donde ello es posible – de los tentáculos hegemónicos del neoliberalismo y la restauración.

El mito de que la protesta ciudadana del 2015 estuvo definida por la ausencia total de violencia debe ser eliminado. Claro, no se trata de la violencia común o de la violencia revolucionaria armada del conflicto armado interno. Pero sí se trata de una violencia que hace tambalear al sistema y que da cuenta, aunque sea solo en parte, del resultado final en el que vio el gobierno corrupto de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. Se trata, en primer lugar, de esa violencia que resulta de «ocupar el espacio para establecer su autonomía y de manifestarse en las calles contra los nodos funcionales del sistema» (Ibid, 187) capturado y corrupto de la realidad presente. También se trata, en un segundo momento, de la violencia ética que se requiere para arrancar el miedo y el cinismo del yo mismo, para iniciar un proceso lento, largo y a veces imperceptible de des-hegemonización moral e intelectual. Este es el proceso que quedó más inacabado del proceso iniciado en 2015 y por el cual se coló la restauración conservadora por la puerta trasera del proceso electoral. Lo que hizo que este desafío al espacio público constituido no resultara en violencia policial contra los colectivos urbanos fue precisamente el hecho de que la capacidad del gobierno central para responder de manera represiva había sido minada por completo en el contexto del huracán judicial que se había desatado en su contra y porque el gobierno municipal de Álvaro Arzú optó estratégicamente por no comprometer su futuro político antagonizando a la protesta y así evitar un posible tsunami de atención negativa sobre su propia administración municipal corrupta. Fue, pues, un confluencia virtuosa de factores heterogéneos en sus lógicas internas aunque no en sus formas de hablar y denunciar lo mismo. El hecho de que el movimiento fue muy disciplinado, ordenado, pacífico y sabatino no quita nada al contenido implícitamente violento del mismo en el sentido aquí señalado. Mucha gente se volvió testiga, personalmente, de un proceso de transformación que en muchos casos tuvo un carácter catártico y hasta liberador. Se quedó inconcluso, llegó a lo liminal, pero quedó como un proceso todavía inconcluso que hay que retomar y revivir a nuevo nivel y a una escala más amplia y profunda.

¿Qué puede resultar de un movimiento que no surge de modo explícitamente político o transformador y mucho menos refundacional? ¿Qué nos legitima en hablar de que dichas tendencias, sin embargo, eran precisamente lo que estaba implícito en el proceso aunque no en las tendencias ideológicas dominantes y los discursos anti-corrupción y por la transparencia en sí mismos capturados por el cacifismo, el neoliberalismo y la restauración? El hecho de haber contribuido a derribar al gobierno de OPM y RB no es nada trivial. El hecho de haberle dado ímpetu al trabajo de la CICIG y el MP bajo la dirección del Comisionado Velásquez y la fiscal general Thelma Aldana (considerando que el primero tiene una trayectoria liberal y la segunda fue nombrada por OPM mismo y con mucha oposición de organizaciones de derechos humanos) tampoco es trivial para nada. Pero nada de esto se compara, realmente, con el contenido del proceso mismo del Evento de la protesta ciudadana de 2015. Parafraseando a Castells, aunque todas las acciones y resultados de arriba fueron importantes, «eran simples gotas en el océano de injusticia y corrupción al que se enfrentaba el movimiento». La esperanza de todo esto «estaba en que estas iniciativas dieran a la gente el valor de resistir y alertaran al público en general sobre una situación socialmente insostenible», es decir, la crisis de hegemonía profunda e insuperable solo con parches y reformas cosméticas a varias instituciones, leyes o a la Constitución misma. Se trataba, en este sentido preciso, de un proceso de reforma moral e intelectual con un potencial transformador, refundacional, que desde la perspectiva del poder constituido y las elites transnacionales había que detener. Y esto no es algo que haya sido registrado por el periodismo dominante, las encuestas de opinión o las tendencias electorales que llegaron a sobredeterminar la lógica de la coyuntura política. Es ese impacto en la conciencia moral e intelectual, en la subjetividad de la gente, el que resulta más difícil de medir pero el que es, al mismo tiempo, el más decisivo aspecto del proceso histórico en marcha.

Hay indicios de que el Evento del 2015 ha influido en los procesos de auto-entendimiento, solidaridad y deseos de buscar formas de diálogo y coordinación entre colectivos urbanos y movimientos sociales mayoritarios. En un contexto donde, como lo señala Castells, los mecanismos de representación de la democracia poliárquica mínima han dejado de funcionar, en donde los poderes fácticos y los medios de comunicación definen «las condiciones y los resultados de la deliberación», en donde toda forma de disidencia e inconformidad real está sujeta a la criminalización y persecución del sistema, la gente que no se sometió a la resignación o la pasividad demostró, solamente con eso, que otra Guatemala es posible.

Vamos patria hacia la #RefundaciónYa desde abajo, democrática y rupturista

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony» (https://goo.gl/Oeh4dG).

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