¿Sociedad civil o poder constituyente?

¿Sociedad civil o poder constituyente?

Marco Fonseca

Hay algo sospechoso, de hecho problemático, en el documento de Álvaro García Linera titulado «¿Fin de ciclo progresista o proceso por oleadas revolucionarias?», elaborado en base a la ponencia presentada por el autor en el evento “Restauración conservadora y nuevas resistencias en Latinoamérica” en Buenos Aires en mayo de 2016. Por supuesto que también hay en esta pieza varios puntos importantes y con los que prácticamente todo mundo en solidaridad con los procesos revolucionarios latinoamericanos también está de acuerdo. Porque, después de todo, son temas que han sido desarrollados, y por gente mucho más dedicada a su estudio, en la última década. Pero el elemento sospechoso, problemático, que despliega García Linera, como si no tuviéramos un siglo de estudios críticos sobre el mismo, es el primer elemento de lo que él denomina como «la primer década virtuosa para el continente latinoamericano». Usando lenguaje prestado de Laclau, aunque no reconocido como tal en ese espacio (de hecho, criticado como fuente de un «postmarxismo» que «le atribuye a los significados y a los relatos construidos una cualidad mágica»), García Linera de todos modos dice en clave laclaudiana que ese elemento es la «ampliación de la democracia política» por medio de la «sociedad civil». Él escribe:

En esta década asistimos a un fortalecimiento de la sociedad civil . Sindicatos obreros, sindicatos campesinos, comunidades indígenas, gremios, pobladores, vecinos, estudiantes y asociaciones juveniles comenzaron a fortalecerse, irradiarse, diversificarse y proliferar en distintos ámbitos, y, lo central, a politizarse, es decir, a involucrarse en la deliberación y gestión de los asuntos comunes, a asumirse como poder estatal. La noche neoliberal de apatía, de simulación democrática, se rompió para recrear una sociedad civil potente que asume un conjunto de tareas de orden político y económico que afectan el desempeño de la totalidad de los Estados latinoamericanos. (Fuente: http://wp.me/p8cdU1-6mU).

El proceso de construcción de la «sociedad civil» fue básico y central en los procesos de «transición a la democracia» y al neoliberalismo en Latinoamérica en los 80s y 90s. Fue por ello, también, que el concepto de «sociedad civil» adquirió un carácter central en los estudios dedicados a la «transición». Y no hay duda alguna que sin esa construcción de sociedades civiles, con su discurso centrado en los «derechos humanos», no hubiera sido posible tampoco construir el nuevo consenso neoliberal que demandaba la inserción de toda la región en el proceso globalizador controlado por elites capitalistas transnacionales. Hoy, en lugar de ser el espacio donde se construye el poder constituyente, las sociedades civiles son el espacio de las políticas de «promoción democrática» auspiciadas en la región por Washington y algunos de sus aliados.

En la pieza de García Linera, sin embargo, NO hay ni una palabra sobre el poder constituyente contra-hegemónico, desde abajo, desde un compromiso con la gente que no cuenta, la más oprimida y excluida, la que Fanon llama «los condenados de la Tierra», del que nos habla Gramsci. El poder constituyente es el que también se constituye, desde Bolivia hasta Guatemala, en lucha contra el extractivismo de Estado, como el que García Linera ha promovido y apuntalado en nombre del todavía capitalista posneoliberalismo de Estado. No es, pues, una exageración sugerir que la razón por la cual este concepto está ausente en la reflexión de García Linera es porque cuando hablamos de poder constituyente, cuyo criterio de validez y legitimidad es siempre un compromiso con la gente más oprimida y excluida, estamos hablando de un poder que también desafía la lógica «democratizadora» de la «sociedad civil» laclaudiana a la que hoy apela García Linera. Pero esto lo podemos comprender si desenmascaramos lo que se esconde detrás de las sociedades civiles contemporáneas (ver http://wp.me/p6sBvp-sP). Por esto es significativo que en la pieza de García Linera no haya mención alguna sobre la crítica gramsciana a la sociedad civil, que no es una crítica meramente culturalista, aún cuando esa crítica está en el corazón de la filosofía de la praxis a la que tantas veces alude el vicepresidente boliviano en otros trabajos. García Linera no menciona estos elementos aún cuando la construcción del poder constituyente y la lucha contra los aparatos (como dice Gramsci, las fortalezas y las casamatas) de construcción hegemónica del poder enraizados en la sociedad civil – no reducibles a lo que Althusser llama «los aparatos ideológicos del Estado» – son elementos claves, con toda su dialéctica, de la lucha contra el neoliberalismo globalizador en la primer década del siglo veinte.

En esta misma pieza, también, el uso de Gramsci que hace García Linera es, problemáticamente, un uso realista y estratégico y, sobre todo, como representante y portavoz culturalista (la versión más caricaturesca de Gramsci que hoy tenemos) del «nuevo bloque de poder dirigente» del Estado. Como lo pone García Linera:

En los momentos más intensos de la lucha de clases la política, incluso bajo formas de lucha militar, se pondrá en el puesto de mando y ella dirimirá en definitiva la victoria o la derrota de la revolución. A esto es lo que hemos denominado el punto de bifurcación de la acción colectiva. Y de triunfar la revolución, en democracia, el adversario derrotado deberá ser incorporado, de manera dispersa y desorganizada, en el conjunto de las iniciativas, decisiones y acuerdos que asuma el nuevo bloque de poder dirigente. La formula entonces será derrotar al adversario culturalmente (Gramsci); derrotar al adversario política y militarmente (Lenin); e incorporar al adversario derrotado de manera dominada en el conjunto de iniciativas y acuerdos del nuevo poder. Porque de no hacerlo, y al dejar al adversario sin camino, tarde o temprano él buscará antagonizar contra el nuevo poder, tratando de crear a la larga un proyecto de poder alternativo.

El hecho de que ese «nuevo bloque de poder dirigente» se pueda volver una restauración «progresista» de ciertos aspectos del neoliberalismo globalizador y así busque necesariamente volverse de nuevo en un poder hegemónico, en el sentido de construir el consenso en contra de los intereses de los grupos subalternos que no cuentan (como un conjunto importante de grupos indígenas en Bolivia) y asegurar el consentimiento por medio de la sumisión voluntaria de los mismos (que los grupos indígenas abandonen sus demandas por territorio y medio ambiente donde el Estado quiere construir gasoductos), es algo que García Linera deja afuera de sus consideraciones. De tomar esto en cuenta, la «década virtuosa» bien podría aparece como una década cuando, aunque sí se ha tomado un paso adelante, también en ciertos contextos y en ciertas dimensiones se han tomado dos pasos atrás.

En lo que a Gramsci se refiere, García Linera se concentra solo en cómo el pensador italiano le puede ayudar a «derrotar al adversario culturalmente» y por ello su Gramsci no difiere, en esencia, de lo que él dice que es también el Gramsci del Departamento de Estado quien lo utiliza, ahora como texto de lectura requerido en sus cursos de entrenamiento, para avanzar su ofensiva «mediática, económica, social y cultural» en el mundo. El Gramsci de García Linera se vuelve así un aliado «del nuevo poder», particularmente útil para construir las nuevas carteleras y campañas mediáticas anti-imperialistas del «capitalismo posneoliberal».

Hay que ser francos. Los aportes de García Linera son muy importantes, no solo como teórico del proceso boliviano sino también como un protagonista clave de la «ola rosada» en Latinoamérica. Sin embargo, el Gramsci de García Linera se parece mucho más al de Togliatti que al Gramsci histórico de los concejos de trabajadores o de Los Cuadernos. Es ese Gramsci histórico y crítico, sin embargo, el que nos parece que es el Gramsci que sigue hoy todavía sirviendo como un insumo de construcción del poder constituyente de los grupos subalternos que no cuentan, esos que ven y denuncian los peligros restauradores en el «posneoliberalismo capitalista» de García Linera, esos que demandan la democratización contra-hegemónica (sin sociedad civil) de la revolución particularmente en su modalidad de restauración parcial del neoliberalismo globalizador de Estado.

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony» (https://goo.gl/Oeh4dG).

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Foto: YouTube

 

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