La tragedia del Volcán: la magnitud de los números dista de lo abrumadoramente real

Hay una diferencia enorme entre la realidad y lo real. Esta diferencia la podemos percibir bien en reportes de la prensa que dicen: “Mientras el Gobierno reporta que 200 personas están desaparecidas, quienes esperan información fuera de las morgues provisionales habilitadas por el Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif) o que buscan en el lugar de la tragedia aseguran que son cientos más.” (https://is.gd/iwfWpn). Otro reporte lo pone del siguiente modo: “Un mapa al cual tuvo acceso elPeriódico había 197 viviendas habitadas por al menos 7 personas, algunas hasta por 15 personas. Eso quiere decir que en el lugar pueden encontrar de 900 a 1200 cadáveres, la cifra oficial es de 109, ¿y el resto?” (https://is.gd/e12cJd). De igual modo, otro reporte afirma: ““El Rodeo no tiene muchas personas desaparecidas. No tenemos la cuantificación real de cuántas son en total. Tendríamos que tener el dato, pero no podemos cotejarlos porque las cifras del INE solo nos tiran a la cabeza de hogar”. (https://is.gd/FP8bxt). Finalmente, como lo pone otro periodista: “El ambiente desolador es hasta cierto punto escalofriante al solo pensar que se camina en un área donde, bajo los millones de metros cúbicos de arena volcánica yacen decenas, tal vez cientos de cadáveres que quedaron soterrados por la erupción del coloso del pasado 3 de junio”.  (https://is.gd/tGImeM). Pero cuando declararon suspensión oficial en la búsqueda de víctimas, los números oficiales quedaron en 197 personas desaparecidas y 110 fallecidas” (https://is.gd/S0F4Wr). Se supone, en todos estos casos, que la categoría de la cuantitativo es la responsable en mediar entre la realidad (lo percibible) y lo real (todo lo imperceptible del horror).

Es preciso entender, para empezar, que la realidad es producto de una construcción social que utiliza textos (desde memos, mapas y tuits hasta encuestas de opinión, censos poblacionales, estadísticas bancarias, constituciones y tratados internacionales) y discursos (desde discursos religiosos hasta académicos y científicos, desde significantes como la honestidad y la identidad hasta discursos culturales y artísticos) y que actúa como mediación entre la experiencia (siempre excesiva, siempre desbordante) y la dominación (siempre capturadora, siempre desplazante). Por ello es que la realidad es siempre hegemónica y hegemonizantes son siempre los procesos que la legitiman y justifican. Es el sentido común tanto oficial como popular, una cadena de significantes ideológicos compleja, sublimadora de los antagonismos reales que se asoman y se presentan a través de la misma, se resisten a la simbolización ideológica, pero quedan siempre afuera, sin lugar, desplazados, soterrados. La realidad es un simulacro siempre en proceso de corrupción y reparación, un cuerpo en descomposición pero embalsamado y siempre simulando lo real. Los números de esa realidad nunca cuadran con la infinitud de lo real.

Existe una gran tentación de identificar la realidad con la superestructura legal e ideológica y lo real con la estructura o la base económica de la sociedad. Eso lo encontramos, sobre todo, en los manuales filosóficos del marxismo vulgar. Una de las propuestas claves de Gramsci es, por el contrario, que existe una “reciprocidad entre estructura y superestructura” en donde una se convierte en la otra y en donde ambas crean sus mutuas condiciones de existencia, reproducción y legitimación. No es que una sea más real que la otra o que la superestructura sea un mero “reflejo” o “espejismo legal o ideológico” de la estructura. Es, más bien, que lo real está en la realidad pero la excede y ese exceso es lo que la hegemonía intenta siempre capturar. Esto es lo que Gramsci llama “el verdadero proceso dialéctico” en la historia. Es en relación a ese proceso, en particular a la brecha que, aunque existe de modo inherente entre contingencia rizomática y estructura institucionalizada, está siempre mediada por el proceso hegemónico y que de vez en cuando –en tiempos de crisis– se abre entre la estructura y la superestructura y que el Bloque Histórico unifica, donde la hegemonía opera como un proceso evanescente que busca suturar desde el interior de la relación estructura/ superestructura, lo que la ideología en sus connotaciones más estrechas puede dejar de legitimar desde el exterior (Gramsci, Cuadernos de la cárcel 8, §182).

Para Hegel, la cuantitativo es siempre una categoría derivada y no original. La cantidad es una categoría derivada del ser y no al revés. Es más, “la cantidad es la determinación que se ha vuelto indiferente al ser”, que entra en contradicción con el mismo, que por su propia determinación genera una distinción entre “la pura cantidad” y “su cantidad en tanto determinada, o sea con respecto al cuanto”. Esta es una distinción que apunta al abismo entre lo real y la realidad, en donde “la cantidad es en primer lugar el ser-para-sí que ha vuelto en sí, real, que no tiene todavía ninguna determinación en él, como franca unidad que se continúa en sí, infinita”, como cantidad “antes” del desastre, que en sí misma es fluida y contingente porque es ya también, dialécticamente, cantidad determinada. La realidad, por su lado, exige la determinación de la cantidad como algo “exterior”, en el “cuanto/s”. Y la dialéctica de ésta relación es “su traspaso en la absoluta unidad de ellas, esto es, en la medida” que surge como consenso agregado. La desgracia atada a toda magnitud se expresa así no en la cantidad de lo real sino en la determinación cuantitativa del cuanto que encuentra su lugar, su inclusión, en la realidad. A partir de aquí incluso el concepto matemático de la magnitud resulta útil, instrumental, “como algo que se puede aumentar o disminuir” dependiendo de las necesidades y las exigencias. Por ello la magnitud misma “tiene de modo inmediato en la continuidad el momento de la discontinuidad que es la repulsión en tanto es ahora un momento en la cantidad.” De aquí que “lo más y lo menos se hallan resueltos, [el primero] en una agregación como afirmación, y justamente según la naturaleza del cuanto, como una [afirmación] igualmente extrínseca, y [el segundo] en un sustraer, como una negación igualmente extrínseca”. (ver Hegel, Ciencia de la Lógica, sección La Cantidad). Ante estos movimientos dialécticos que nos presenta el problema de lo cuantitativo, la cantidad, el cuanto y la magnitud misma, la creencia de que detrás de las magnitudes, del cuanto contingente, del simulacro hay una cantidad pura, primaria o primordial, algo que nos puede servir para desenmascarar los engaños de la realidad, es una creencia en sí misma también falsa y engañosa. Incluso la cantidad pura de lo real, lo que parece ser más seguro que todo, es algo que Hegel considera como “el ser-para-sí” pero eliminado. ¿Estamos, pues, ante una impasse irresoluble en donde todo mundo puede resultar teniendo la razón y los números, más que nada, pueden hablar por sí mismos?

Lo real no es algo que simplemente podamos recuperar, algo que simplemente podamos representar, algo que simplemente podamos recordar y narrar, algo que simplemente podamos utilizar como antídoto contra el simulacro y espejismo, contra la ideología dominante, de la realidad. Buscar hacer tales cosas es caer de nuevo en la dialéctica de la realidad y de lo “concreto” (en el sentido de Karel Kosík). Por ello es que la búsqueda de lo real, como la búsqueda del valor detrás de los precios o del dinero detrás del capital, la búsqueda de la “magnitud constante” está siempre sujeta a los antagonismos sociales de los cuales surge el significado y substancia de la masa variable de los medios de subsistencia que también está condicionada por los antagonismos sociales e históricos. Es una búsqueda que da lugar a la mala infinitud. Como Marx lo muestra en El Capital, la búsqueda de la magnitud constante del valor cualitativo detrás de la magnitud cambiante de los salarios o los precios cuantitativos, o la búsqueda del “plusvalor absoluto” detrás de las tasas variables del plusvalor está sujeta a los flujos cambiantes de las luchas sociales (Marx, El Capital, capítulo XV). Aunque tratemos de fijar y estabilizar esa realidad y su significado en algo indisputablemente tangible (“medios de subsistencia” básica) o con “leyes” sociales o históricas, en todos estos casos la búsqueda de lo real solo produce la realidad que precede o sucede a cambios en una infinidad, y a veces en una mala infinitud, de variables cuya fijación en el tiempo-espacio concreto está ya siempre sujeta a los antagonismos sociales.

Engels ya había advertido la contradicción entre lo real y la realidad o entre la problematización que surge de lo real y que abre un hoyo dentro de los espejismos de la realidad en su Anti-Dúring (1878): “En este sentido el pensamiento humano es tan soberano cuanto no soberano, y su capacidad de conocimiento es tan ilimitada como limitada. Soberano e ilimitado según la disposición, la inspiración, la posibilidad, el objetivo histórico final; no soberano, limitado, según la realización individual y la realidad de cada momento. Si alguna vez llegara la humanidad al punto de no operar más que con verdades eternas, con resultados del pensamiento que tuvieran validez soberana y pretensión incondicionada a la verdad, habría llegado con eso al punto en el cual se habría agotado la infinitud del mundo intelectual según la realidad igual que según la posibilidad; pero con esto se habría realizado el famosísimo milagro de la infinitud finita.” (Engels, Anti-Düring, capítulo IX – https://is.gd/Hq1zGx).

¿No se trata, entonces, de “¿cómo podemos alcanzar la auténtica realidad más allá de las apariencias?” No. se trata, más bien, de “¿cómo puede emerger la apariencia en la realidad?”. (Zizek, Slavoj. Menos que nada. Hegel y la sombra del materialismo dialéctico (Cuestiones de Antagonismo), Kindle Locations 930-931)). Lo difícil e incluso confuso de entender de lo real es, por tanto, que “la manifestación es su esencia y es, de hecho, lo que la llena. Lo suprasensible es lo sensible y lo percibido, puestos como en verdad lo son; y la verdad de lo sensible y lo percibido es, empero, ser fenómeno.” ¿Y cómo se diferencia esto de la realidad? En que la misma está deliberadamente construida o emplazada por el poder y lo segundo es lo que, en la realidad misma y no fuera, detrás o más allá de ella, se resiste a dicha construcción o emplazamiento. Lo números de lo real, como los números de la tragedia del Volcán de Fuego, siempre exceden los números y magnitudes de la realidad que encontramos en los reportes de prensa o en las estadísticas oficiales. Siempre sobran los números sepultados, desaparecidos o refugiados. La realidad resultante es solo un semblante de nada menos que el poder.

Es entre estos dos polos que se balancean los números y las magnitudes, las representaciones, los discursos y los simulacros de “ayuda” oficial en la tragedia del Volcán de Fuego. Las víctimas (sobre todo las sepultadas por los flujos piroclásticos, las que no van a ser encontradas, las desaparecidas, las que van a ser decretadas como no existentes, las refugiadas y las desplazadas) nos hablan mudamente de lo real (y su estado permanentemente virtual). Pero los números nos hablan meramente con el idioma de la realidad construida. Lo real, aquí, es aquello que si vemos directamente a su cara nos abrumaría, nos horrorizaría y también nos agobiaría moralmente y nos llenaría de vergüenza, angustia, ansiedad e incluso pánico total por su peso inaguantable. La realidad, no importa lo que digan los números o precisamente por lo que dicen los números, es paliativa y restauradora. Por ello es que la realidad tiende a ser fetichista/fetichizable miemtras que lo real, como lo que está más allá del velo, como “el santo de los santos” (Exodo 26:31-34; 2 Crónicas 3:8-14), como “la cosa en sí” (Kant, Prolegómenos, § 32), aparece como algo inaccesible o potencialmente petrificante.

Lo real proviene de los antagonismos sociales que causan la bifurcación y distorsión ideológica de las perspectivas en pugna. La realidad se presenta como una solución de dichos antagonismos, como “reconstrucción”, “institucionalidad”, “gobernabilidad” y “paz”. Afianzarse a lo real implica negar la posibilidad de perspectivas neutrales, burocráticas, “balanceadas”, “objetivas”. Afianzarse a la realidad implica, por el contrario, aceptar sus reglas y sus números como algo neutral, quizás malo, quizás bueno, pero en todo caso aceptable y paliativo. La realidad es el laxativo que tomamos para apaciguar los síntomas inaguantables de un cuerpo cuyos órganos están en proceso de descomposición.

Vamos Guatemala hacia la #RefundaciónYa desde abajo, democrática y rupturista

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony» (https://goo.gl/Oeh4dG).

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