Daniel Ortega y el “tercerismo” Nica

Daniel Ortega y el “tercerismo” Nica

Desde sus años de militancia juvenil y, sobre todo, desde que su tendencia ideológico-politica aparece dentro del sandinismo nica en 1974, Daniel Ortega ha sido un militante del extremo centrismo. Bueno, no se llamaba extremo-centrismo entonces sino solamente centrismo de tipo pequeño burgués, urbano, educado, siempre oscilando entre un liberlalismo social y una social-democracia liberal.

Un analista caracteriza la tendencia histórica de Ortega del siguiente modo:

Es un grupo abiertamente multiclasista, sin una ideológica definida. Se comportó como un «frente dentro del frente» que incluía a toda la masas antisomocistas de cualquier identidad político-religiosa. Por esta característica sería la tendencia con mayores recursos económicos y logísticos, y mayor apoyo internacional. Sus células operaron tanto en la ciudad como en el campo –en un intento de unificar la táctica de la tendencia FSLN (GPP) y de la tendencia FSLN (Proletaria)– y su objetivo era poner fin a la dictadura somocista y en su lugar establecer un gobierno democrático-burgués, esta tendencia se impuso tras el triunfo debido a que en ella se encontraban concentrado los elementos más preparados educativamente hablando que pasarían a ocupar los puestos claves del Estado, además de que poseía un mayor número de miembros y simpatía por su heterodoxia y «flexibilidad». (Fuente: https://is.gd/IpDxyR).

Como algo típico de Ortega, en los 70s como hoy, “Se apoyó abiertamente en la pequeña burguesía y en factores de la burguesía antisomocista; aludía que dada la realidad del país había una enorme incapacidad de los obreros y del campesinado para organizarse, para comprender el proceso, para constituir su alianza natural. Esta política de alianza fue duramente criticada por las otras dos tendencias que la acusaban de haber abandonado las posiciones «marxistas» en favor de un proyecto burgués reformista; de hecho Humberto Ortega, fundador de esta tendencia y quien se reclamaba marxista-leninista, fruto de las alianzas de la tendencia fue modificando su postura para hacerla asumible a sus aliados.”

Eso de que “dada la realidad del país había una enorme incapacidad de los obreros y del campesinado para organizarse, para comprender el proceso, para constituir su alianza natural” es, en parte, lo que explica por qué no es posible pensar para nada que lo que ha hecho Ortega en el poder, sobre todo desde enero de 2007, tenga que ver con socialismo de algún tipo. Todo lo contrario, tiene que ver con esa idea determinista de que no hay condiciones subjetivos ni objetivas para construir el socialismo. Por tanto, hay que aceptar el mundo como está dado y ver qué es lo que se puede hacer. Para Ortega, en lo social, esto significa programas mínimos distributivos como Plan Techo que benefician a la gente más pobre, como la gente de Villa Guadalupe al norte de Managua, en donde todo mundo es leal a Ortega. De hecho, en los últimos 10 años, “el gobierno de Ortega construyó y mejoró los techos de unas 100 mil viviendas con apoyo de empresarios locales, con fondos del Estado y la millonaria cooperación que recibe de Venezuela”. Es más, “el gobierno distribuyó láminas de zinc y clavos a más de 700 mil familias, créditos populares, semillas y animales domésticos a miles de campesinos.” Hasta el Banco Mundial reconoce que bajo Ortega Nicaragua “redujo sus índices de pobreza de 42,5% en 2009 a 29,6% en 2014, y de pobreza extrema de 14,6% a 8,3% en el mismo período” (ver https://is.gd/ncCzzC). Por supuesto que esto es bueno en cualquier país de Latinoamérica. Pero en sí mismos estos logros apenas cumplen con lo mínimo de los Objetivos del Desarrollo Sostenible e ilustran lo limitado del discurso pnudista que está detrás de muchas de estas políticas sociales. La cosa es cómo se ha logrado esto y qué significado tienen estos logros. En Nicaragua estamos hablando de programas que no cambian ninguna estructura de fondo y, mucho menos, la arquitectura del poder real. Son programas más bien de tipo clientelista y muy lejos de sentar las bases de algo que se parezca a socialismo del siglo XXI como lo concibió el gran Chávez. Así que si no hay condiciones en Nica para cambios más profundos es precisamente porque el orteguismo neoliberal se ha rehusado a crearlas.

Esto es lo que, en parte, explica las alianzas que, desde los 90s, hizo Ortega con la burguesía nica nítidamente reresentada por los gobienros de Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños Geyer. Lejos de empujar a estos gobiernos hacia la izquierda, fueron estos gobiernos los que jalaron a Ortega al extremo-centrismo, es decir, al neoliberalismo con pretensiones sociales implementadas por medio de programas sociales de tipo clientelista e incluso caritativo o “cristiano”. Y fue esta conversión al extremo-centrismo (sin mencionar la conversión de Ortega y de Murillo al fundamentalismo evangélico) lo que provocó la muerte del FSLN histórico y su reaparición como un “muerto caminante” (walking dead), un zombie cristianizado. Por eso es que, así como ya había minimizado el significado y consecuencias de la crisis ecológica en la Reserva Indio Maíz a fines de marzo y principios de abril de 2018 (https://is.gd/txQPC8), hoy en medio de una escalada represiva y violenta del Estado, Murillo de nuevo habla como si nada serio estuviera pasando, como si más de 300 gentes no hubieran sido abatidas, muchas de ellas a balazos, y llama a conmemorar el 39 aniversario “encaminados en cristianismo, en amor en Cristo, en amor al prójimo, en socialismo, en solidaridad” (ver https://is.gd/nFYAtR).

En la coyuntura política presente de Nicaragua un movimiento como el Comité de Desarrollo Campesino (Codeca) de Guatemala, por ejemplo, no tendría espacio. Concretamente eso es lo que le ha pasado al Consejo en Defensa de la Tierra, el Lago y la Soberanía Nacional en Nicaragua. Esta organización de base – equivocadamente llamada por muchos/as comentaristas de la “sociedad civil” – aglutina a las comunidades de campesinos que están siendo desplazadas de sus tierras por la construcción del Canal Interoceánico y sus centros hoteleros y turísticos a un costo de $50 millardos y financiado por el consorcio  de construcción privado chino Hong Kong Nicaragua Canal Development​ (HKNC) Group registrado en las Islas Caimanes y propiedad del magnate chino Wang Jing. Esta organización se ha vuelto también la cara del feminismo nica como lo incorpora y representa Francisca Ramírez,  la Berta Cáceres de Nicaragua. Y es esta organización la que desde 2014 ha venido luchando para derogar la Ley 840 o Ley Canalera (pasada en 2013) así como resistiendo los esfuerzos del gobierno orteguista por “persuadir” a campesinos en la ruta del canal para que vendan sus tierras.

Las luchas contra el extractivismo en Nicaragua han tomado, en primer lugar, la forma de una resistencia indígena y campesina contra el gobierno de Ortega cuyo tercer término en el poder, iniciado en enero de 2017, apoyado por una coalición cívico-militar en control total del Estado, ha marcado la transición definitiva hacia una nueva forma de dictadura. Y la respuesta oficial al movimiento de resistencia de abajo ha sido amenazas, hostigamiento y represión. Desde el inicio de esta ola de resistencia indígena y campesina ya han habido más de 200 campesinos/as arrestados, más de 100 físicamente agredidos/as o heridos/as de bala, y encima de todo el gobierno ha impuesto un virtual estado de sitio en por lo menos una de las zonas de más “conflictividad” social, la Región Autónoma del Caribe Sur (ver http://www.ipsnews.net/?p=149106). Hasta el momento no había habido un movimiento de resistencia a la dictadura de Ortega más fuerte que este. Pero a partir de abril de 2018 la juventud alienada de los centros urbanos ha catalizado otras formas de descontento y han decidido erigir sus propias barricadas.

Nuestra crítica al orteguismo no es una crítica y, mucho menos, un rechazo a la histórica Revolución Popular Sandinista cuyo 39 aniversario celebramos, entre el dolor y la esperanza, hoy 19 de julio. Nuestra crítica no es un rechazo a la memoria de los/as mártires y héroes en la lucha contra el somocismo y el imperialismo ni a los muchos logros políticos, sociales y económicos de esa revolución histórica. Nuestra crítica no ignora el contexto geopolítico dentro del cual está desenvolviéndose la crisis nicaragüense ni las implicaciones políticas de demandar el fin del orteguismo. Nuestra crítica no ignora que en el vacío existente de liderazgo, organización y articulación en las protestas de abajo es donde se cuelan los intereses espurios del empresariado y las ONG oportunistas donde tiene mucha influencia la “promoción democrática” de las agencias de “desarrollo” imperial. Nuestra crítica, sin embargo, sí se dirige directamente al orteguismo, su tercerismo, su consolidación como una forma de Estado violento, extractivista, capturado por una familia que, hasta abril de 2018, ha estado gobernando de la mano con las elites oligárquicas y transnacionalizadas del país. Y ya no hay más excusas ni pretextos para esto. Como lo demuestran las protestas que se desataron a partir de abril, se trata de una forma de Estado y de poder incapaz de absorber brotes de rebeldía juvenil o de oposición social incluso cuando dicha oposición viene de los mismos sectores sociales que una vez le hicieron sentir a Ortega la palpitación de su propio corazón.

 

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony» (https://goo.gl/Oeh4dG).

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Foto: Telesur

 

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