Contra el economismo y por la Refundación

Contra el economismo y por la Refundación

El economicismo dogmático sigue vivo y coleando en Guatemala y sigue presentándose como “un canon objetivo de interpretación”, con cierta “apariencia científica” y comportándose como “una especie de escepticismo superior que querría pasar por elegancia suprema.” Como ejemplo, miren el siguiente pasaje – y, de hecho, todo el artículo – escrito por Mario Roberto Morales en una columna reciente en elPeriódico:

“Las reivindicaciones estructurales de los movimientos sociales siguen remitiéndose a la totalidad de la clase social. Son reivindicaciones de clase que privilegian la economía por encima de la cultura porque aquélla condiciona a ésta en última instancia, a pesar de la autonomía relativa de los desarrollos culturales.” (Fuente: https://is.gd/FiQB4L).

Pero ya Gramsci propuso desde hace rato una actualización crítica del marxismo, en la forma de lo que él llama la filosofía de la praxis, advirtiendo que la separación entre “la economía” (incluyendo el mercado) y “la política” (incluyendo el Estado y sus aparatos ideológicos y culturales), lo privado y lo público, es, de hecho, una separación falsa, un sinsentido e incluso una vulgaridad.

Gramsci escribe:

“La distinción entre lo público y lo privado es una distinción propia del derecho burgués, y es válida en los dominios (subordinados) en los cuales el derecho burgués ejerce su poder.” (Q13 §11).

Sobre cómo es preciso entender que el Estado (superestructura) condiciona tanto a la economía (estructura, modo de producción, etc.), como la economía al Estado, Gramsci dice:

“En realidad el Estado debe ser concebido como “educador” en cuanto que tiende precisamente a crear un nuevo tipo o nivel de civilización. Por el hecho de que se opera esencialmente sobre las fuerzas económicas, que se organiza y se desarrolla el aparato de producción económica, que se renueva la estructura, no debe sacarse la consecuencia de que los hechos de superestructura deban abandonarse a sí mismos, a su desarrollo espontáneo, a una germinación casual y esporádica. El Estado, también en este campo, es un instrumento de “racionalización”, de aceleración y de taylorización, opera según un plan, presiona, incita, solicita y “castiga”, porque, creadas las condiciones en que un determinado modo de vida es “posible”, la “acción o la omisión criminal” deben tener una sanción punitiva, de alcance moral, y no sólo un juicio de peligrosidad genérica. El derecho es el aspecto represivo y ne- gativo de toda la actividad positiva de civilización desarrollada por el Estado.” (Q13 §11)

¿Cómo comprender esa idea ahora infame de que “la economía” condiciona a la cultura y la política “en última instancia”? Althusser mismo, quien más que nadie diseminó esta idea, la explica de modo no economicista del siguiente modo en su trabajo “Ideología y aparatos ideológicos del Estado” publicado originalmente en 1970: “La metáfora del edificio tiene, entonces, por objeto representar, antes que otra cosa, el hecho de “la determinación en última instancia” por la base económica. Esta metáfora espacial afecta, pues, la base, con un índice de eficacia conocido por los famosos términos: lo que acontece en la base económica determina en última instancia lo que acontece en los “pisos” (de la superestructura). Según Althusser, esta comprensión del todo social implica dos cosas: 1] sí hay una “autonomía relativa” de la superestructura respecto a la base; 2] pero siempre hay una “acción de retorno” de la superestructura sobre la base. Es pues muy importante no olvidar el segundo punto: hay una acción de retorno, un rebote o un contragolpe, de la superestructura sobre la base, pues este es un punto que tiende a olvidarse en las lecturas corrientes pero más influyentes sobre Althusser que enfatizan la “autonomía relativa” del Estado y simplemente hablan dogmáticamente de la “determinación en última instancia” de la economía.

En su nota sobre “Algunos aspectos teóricos y prácticos sobre el economicismo” en el Cuaderno 13 de sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci nos invita también a desarrollar una nueva clase de política. Gramsci escribe:

“[S]e afirma que la actividad económica es propia de la sociedad civil y que el Estado no debe intervenir en su reglamentación. Pero como en la realidad efectiva sociedad civil y Estado se identifican, hay que establecer que también el librecambismo es una ‘reglamentación’ de carácter estatal, introducida y mantenida por vía legíslativa y coactiva: es un hecho de voluntad consciente de sus propios fines y no la expresión espontánea, automática del hecho económico.”

Esto no solo significa que el mercado, lejos de liberarnos, nos esclaviza y nos somete a condiciones de inseguridad y precariadad constante, sino que es un terreno también propio de la política. En efecto, “el librecambismo es un programa político, destinado a cambiar, en cuanto triunfa, el personal dirigente de un Estado y el programa económico del Estado mismo”, y no es una simple forma cultural de neoliberalismo o una mera política de Estado sin impacto directo en la economía. La gran limitación del economismo teórico se observa, Gramsci nos dice, “frente a las expresiones de voluntad, de acción y de iniciativa política e intelectual [tanto en la sociedad civil como en los movimientos sociales, tanto en la cultura como en la política], como si éstas no fuesen una emanación orgánica de necesidades económicas e incluso la única expresión eficiente de la economía; así, es incongruente que el planteamiento concreto de la cuestión hegemónica sea interpretado como un hecho que subordina al grupo hegemónico.” Hay que entender, como mínimo, que “si la hegemonía es ético-política, no puede dejar de ser también económica, no puede dejar de tener su fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo decisivo de la actividad económica” (Q13 §18). Para Gramsci, quienes proclaman las vulgaridades del economicismo tienen, sin embargo, “una pequeña apariencia científica y proceden de una especie de escepticismo superior que querría pasar por elegancia suprema”.

Ahora bien, ¿qué clase de política se sigue de la concepción dialéctica, no economicista, realmente materialista, entre estructura y superestructura? No es nada de eso de una noción simplista, infantilista y manualera de “reivindicaciones de clase que privilegian la economía por encima de la cultura.” Para Gramsci, se trata de la política entendida en términos de una guerra de posición multidimensional, dialéctica, “impura” y audaz – de ahí, con Lenin, su énfasis en “la voluntad” (¡que no es voluntarismo!) que atraviesa lo social en todas sus dimensiones y sin caer en el reduccionismo de “lo político” o “lo cultural” como algo separado de “lo económico”. Para entender, visualizar y transformar esto es que Gramsci desarrolló su concepción del Estado ampliado.

Para Gramsci, entonces, la guerra de posición surge en contextos donde ya hay “aparatos estatales” desarrollados, partidos políticos de masas, organizaciones de la sociedad civil “con mayor autonomía”, mayor penetración, ocupación y reterritorialización globalizada de espacios urbanos y zonas rurales, “determinado sistema de las fuerzas militares”, y podemos agregar también –más allá de lo que Gramsci mismo pudo desarrollar en su trabajo– mayor integración de las economías nacionales “a las relaciones económicas del mercado mundial”, un contexto globalizador donde “las relaciones organizativas internas e internacionales del Estado se vuelven más globales y masivas”, y donde, por tanto, cualquier fórmula o estrategia de confrontación militar directa o “guerra de movimientos” es superada no solo en la teoría sino también en la práctica (Q13 §7).

Gramsci nos llama a actualizar el marxismo crítico y desarrollar una comprensión crítica que no se reduce a “revelar trucos, a suscitar escándalos, a pedir cuentas a los hombres representativos” como nos dice el consenso dominante, incluso la Cicig, que hay que hacer. El objetivo de la crítica es “justificar una actividad práctica, una iniciativa de voluntad” transformadora. Para esto debemos estudiar en “profundidad” cuáles son “los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posición” (Q13 §24). Pues, como también lo afirma Gramsci en los Cuadernos: …la guerra de posición, en política, es el concepto de hegemonía” (Q8 §52) y es, por tanto, “la cuestión de teoría política más importante (Q6 §138).

Lo que sucede cuando vivimos en y de acuerdo al acto político impuro, rupturista y contra-hegemónico es que, en el propio proceso de articulación y movilización de un agente colectivo también se crea al Pueblo mismo, el poder constituyente y, en el mismo proceso, se cambian las coordenadas o categorías del significado mismo de lo estructural/superestructural, incluyendo la verdad y la objetividad del mismo. Aquí vemos del modo más claro posible cómo lo superestructural -lo ético, lo político, lo ideológico, lo cultural- rebota -como lo puso Althusser-, interviene, se mezcla y cambia lo estructural, y lo hace como resultado de un deber activo –un mito, una utopía, una Idea– que funciona como un “impulso” subjetivo/objetivo que efectivamente revela desde dentro del Bloque Histórico existente, como una necesidad… “la existencia de una premisa eficiente, que se haya vuelto actuante como una “creencia popular” en la conciencia colectiva (Gramsci, Q8 §237).

La Idea de la Refundación es urgente y también crítica, cambia las coordenadas y categorías del significado mismo de lo estructural/superestructural, incluyendo la verdad y la objetividad del mismo (sobre todo lo que dice el consenso dominante sobre lo que es posible o imposible). La Idea de la Refundación interviene, se mezcla y cambia las condiciones de lo estructural, y lo hace como resultado de un deber activo –un mito, una utopía, un programa, una Idea– que funciona como un “impulso” subjetivo/objetivo que efectivamente revela desde dentro del Bloque Histórico existente, como una necesidad. La Idea de la Refundación nos interpela a abandonar formas simplistas de ideología y de teoría y nos impulsa a desarrollar una forma de política más allá del economicismo y del determinismo histórico que satura al dogmatismo de la vieja izquierda en Guatemala. Ya no es posible seguir esgrimiendo moralismos simplistas al mismo tiempo que se critica a todo mundo por ser simplista, acrítico y superficial.

La Idea de la Refundación constituye, en Guatemala, una “Revolución contra El Capital”, contra el viejo marxismo de la vieja izquierda que sigue viva y coleando en algunos lugares. Pero es una Idea que también nos inmuniza contras las pretensiones novedosas de la llamada “nueva política” del extremo centrismo. Es una revolución en nuestras persperctivas que también requiere dejar atrás una comprensión mecánica, naturalista, economicista de la economía y la cultura, de la idea de que solo con un “ideario liberal” que impulse el desarrollo de las fuerzas productivas en la manufactura y la industria –independientemente de fenómenos más recientes como la dependencia, el desarrollo desigual, la organización del “sistema-mundo” en centros y periferias y, finalmente, la globalización neoliberal– se pueden construir eventualmente las “condiciones objetivas” para el desarrollo de una conciencia socialista adecuada para una revolución social, y la posibilidad de plantearnos “la transición hacia el socialismo” como una tarea históricamente posible. Estas ideas y estas lecturas del llamado “marxismo clásico” se propagaron en países latinoamericanos como Guatemala con la importación y amplia diseminación de manuales soviéticos sobre “marxismo-leninismo” y tratados estalinistas sobre la historia de la filosofía, tal como fue el caso del trabajo de gente como el filósofo marxista húngaro-francés George Politzer y, más tarde, la pensadora althusseriana de Chile, Marta Harnecker. Lo triste de esto es que estas ideas y con estos manuales se siguen transando en las universidades y en los medios de comunicación como si fueran novedades teóricas y propuestas argumentativas serias. Esta gente vive en un laberinto, una cueva ideológica, donde solo ellos/as creen las imágenes que ven proyectadas en sus muros y sus paredes. Pero es hora de salir del laberinto y ver un poquito de luz.

Gramsci no estaba solo al pensar en la política como un acto “impuro” – no ortodoxo, comprometido, revolucionario. Lenin mismo expresó ideas similares cuando escribió sus famosas Tesis de abril o “Las tareas del proletariado en la presente revolución” en 1917. Lo escandaloso de las Tesis de abril para los puristas revolucionarios, tanto de ese tiempo como del nuestro, más aún para los viejos socialdemócratas o los nuevos extremo-centristas, fue el hecho de proponer que, después de la Revolución de febrero, e independientemente de las condiciones objetivas económicas, ya había llegado la hora de construir el poder constituyente o “soviético” proletario y, de hecho, “poner el poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”; ya había llegado la hora de romper con “la confianza inconsciente de [las masas] en el gobierno de los capitalistas”, es decir, desactivar el proceso hegemónico y romper con el consenso ideológico dominante; ya había llegado la hora de demostrar “habilidad para adaptarnos a las condiciones especiales de la labor del partido entre masas inusitadamente am- plias del proletariado que acaban de despertar a la vida política”; era el momento de no darle más apoyo al “Gobierno Provisional” -por ser, en realidad, un gobierno de restauración– y de explicarle a todo mundo “la completa falsedad de todas sus promesas”; es más, había que tener claro que, aunque “en la mayor parte de los Soviets de diputados obreros, nuestro partido está en minoría y, por el momento, en una minoría reducida, frente al bloque de todos los elementos pequeñoburgue- ses y oportunistas”; era, sin embargo, la hora de “explicar a las masas que los Soviets de diputados obreros son la única forma posible de gobierno revolucionario y que, por ello, mientras este gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un modo paciente”; en minoría o no, sin embargo, no era momento de esperar el desarrollo automático o natural de las condiciones objetivas o el auto-colapso del Estado burgués para una revolución social y política, sino que ya era hora de propugnar tam- bién “la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los Soviets de diputados obreros” sin excusa o demora alguna porque el objetivo político que demandaba la coyuntura no era “una república parlamentaria sino una república de los Soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo a arriba” o, recuperando la consigna de la Comuna de París y anticipando a Chávez por un siglo, lo que Lenin también llamó “nuestra reivindicación de un ‘Estado-Comuna’”.

Éste, pues, es Lenin en su momento más audaz, político y catártico y solo un cambio de perspectiva de esta magnitud cualitativa dentro del pensamiento marxista, crítico y comprometido, solo la adopción de un marco teórico diferente, es capaz de presentar las condiciones como ya dadas para una revolución y revelar que el problema que impide la revolución es, de hecho, su propia solución. No olvidemos que las Tesis de Abril fueron rechazadas, por escandalosas, porque supuestamente no ayudaban a nadie en ese momento y porque supuestamente no contribuían a lo que la coyuntura política y las condiciones económicas parecían demandar en la primavera de 1917 en Rusia, sobre todo para los socialdemócratas, pero, incluso, también para muchos bolcheviques.

Nota: esta note está basada en un trabajo más amplio titulado “Hegemonía, ruptura y Refundación: crisis del Estado ampliado”, disponible aquí – https://wp.me/p6sBvp-R7

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony» (https://goo.gl/Oeh4dG).

Este artículo es libre y de código abierto. Usted tiene permiso para publicar este artículo bajo una licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International licence con atribución a Marco Fonseca y #RefundaciónYa. Está permitida la copia, distribución, exhibición y utilización de la obra bajo las siguientes condiciones:

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